Hacía frío ese lunes de agosto cuando se conocieron.
Bah, “conocer” no es la palabra más adecuada,
tal vez debiéramos usar la que a él le gustaba tanto repetir:
“encuentro virtual”, ése que se prolongó,
por más de cinco horas durante las cuales ellos quedarón atrapados
en el ping-pong sordo y mudo que impone el chateo.
A Ella le fascinaba leer lo que El le escribía; de a poco, la fue envolviendo…
la manera cómo ese hombre describía los avatares de la vida y sus palabras se mezclaban,
con las historias del exilio de ella, su trabajo,
su presente soledad y la búsqueda permanente de un amor verdadero.
Sin darse cuenta,
los dos quedaron presos detrás de sus respectivas computadoras,
en el punto donde sólo había lugar,
para el ejercicio de la imaginación y la fantasía.
De esta manera, bastaron unas pocas horas por semana,
para que todo lo demás se hiciera nada.
Sólo quedaron Ellos suspendidos en el tiempo y el espacio,
sin atinar a moverse de sus sillas, por temor a que cualquier movimiento,
por fugaz que sea, rompiera el hechizo que se estaba produciendo.
Ella no quería perder una sola letra de lo que leía en la pantalla; las frases de El se iban encadenando armoniosamente y le resultaban tan familiares,
como si fueran viejos y queridos conocidos que se reencontraban.
“¿Qué importancia tenía que estuvieran a tanta distancia el uno del otro,
si sus almas habían logrado traspasar esa barrera?”– (trató de convencerse a sí misma)
Y, por cierto, había magia entre ellos, esa magia que hace, que todo alrededor se esfume.
Esa magia parecía las escenas de una película romántica, la luz tenue se posaba sobre los protagonistas, que esperaban ansiosos la continuidad del diálogo.
La noche fue dando paso a la madrugada.
En su casa, Ella sólo escuchaba los latidos de su corazón acompasando
el sonido rítmico de sus dedos sobre el teclado.
El cada tanto se levantaba para servirse un café.
Dicen que de lo ridículo a lo excitante sólo hay un paso.
Ridículamente, Ella se sintió esa noche.
Y sintió que El era suyo, en la misma medida y con la misma reciprocidad.
La situación parecía – ¿ridículamente? –
tan real que lo único que les faltaba era el cuerpo del otro.
Todo lo demás se lo estaban entregando:
su tiempo, sus deseos, sus secretos…y en la medida,
que éstos se desprendían de sus propios dueños;
irremediablemente dejaban de pertenecerles para pasar a ser del Otro.
Nadie puede negar que compartieran muchas cosas esa noche y las que le siguieron,
separados por la distancia que a veces, paradójicamente, une.
Fue sólo una semana, nada más que una semana…
Ella empezó a ponerse ansiosa, insistía en que quería conocerlo más.
El le contestaba dulce, firme y pacientemente cada frase de ella.
Por último, estaba convencida de que sería bueno,
para ambos darle un cierre a esa historia que había vivido,
porque las historias jamás podrán desgastarse.
Al menos, no para Ella.
Inmediatamente después sintió vergüenza y se arrepintió de sus impulsos.
Pensó hasta dónde iba a ser capaz de llegar y en qué lugar la dejaba esa insistencia.
Lentamente, fue conciente de que estaba acercándose al final del juego.
Sintió culpa también por haberle dejado un breve mensaje,
para que El supiera, que Ella lo amaba.
Entonces recordó que una amiga le había dicho que para decir “Basta”, no hace falta gritar,
ni llamar por teléfono, para hacérselo saber a la otra persona; “no” es “no” y punto.
Y es un “no” para uno mismo, sale desde adentro y se transforma en hecho.
Y de ese “no”, fruto de la reflexión y del entendimiento, no hay retorno.
Había llegado el momento de deshacerse de esa ilusión que atesoraba desde hacía meses.
Ella sabía que debía exorcizar su mente,
pero que nunca iba a poder alejarle del corazón.
Los tiernos mails que El le había mandado y uno que otro poema
– que no estaba segura si El había escrito, para ella…en definitiva… ¿qué mas daba?
- decidió conservarlos como únicos testimonios que le confirmaban,
que El había sido real y que Ella no estaba loca.
Después, tomó al azar un libro de la biblioteca para distraerse.
Lo abrió en cualquier página y, como si fuera una jugada del destino,
leyó en voz alta:
“No existe posibilidad alguna de comprobar qué decisión es mejor.
El hombre vive todo a la primera y sin preparación.
Como si un actor representase una obra sin ningún tipo de ensayo.
Lo que sólo ocurre una vez, es como si no hubiera ocurrido nunca.
Las cosas ¿de verdad tienen que ser así? ¿Podrían ser de otro modo?”.
Sintió una extraña mezcla de alivio, con una cuota de angustia y tristeza.
Todos los finales duelen un poco,
sobre todo para quienes acostumbran a vivir apasionadamente
cada instante como si fuera el último.
Al leer esas oraciones, Ella tuvo la absoluta confirmación de haber hecho lo correcto.
Respiró hondo y se desplomó en el sillón.
Ese partido, con un hombre que nunca conocería, había llegado a su fin.
“La insoportable levedad del ser”
A los que todavía escriben poemas de amor.
A los que se esconden detrás de las palabras.
A los que tienen miedo amar de verdad.
A los que disfruta de un amor virtual.
A los que saben que sólo son palabras.
A los que las atesoran, a los que las desechan.
A los que se arriesgan, a pesar de todo”
Bah, “conocer” no es la palabra más adecuada,
tal vez debiéramos usar la que a él le gustaba tanto repetir:
“encuentro virtual”, ése que se prolongó,
por más de cinco horas durante las cuales ellos quedarón atrapados
en el ping-pong sordo y mudo que impone el chateo.
A Ella le fascinaba leer lo que El le escribía; de a poco, la fue envolviendo…
la manera cómo ese hombre describía los avatares de la vida y sus palabras se mezclaban,
con las historias del exilio de ella, su trabajo,
su presente soledad y la búsqueda permanente de un amor verdadero.
Sin darse cuenta,
los dos quedaron presos detrás de sus respectivas computadoras,
en el punto donde sólo había lugar,
para el ejercicio de la imaginación y la fantasía.
De esta manera, bastaron unas pocas horas por semana,
para que todo lo demás se hiciera nada.
Sólo quedaron Ellos suspendidos en el tiempo y el espacio,
sin atinar a moverse de sus sillas, por temor a que cualquier movimiento,
por fugaz que sea, rompiera el hechizo que se estaba produciendo.
Ella no quería perder una sola letra de lo que leía en la pantalla; las frases de El se iban encadenando armoniosamente y le resultaban tan familiares,
como si fueran viejos y queridos conocidos que se reencontraban.
“¿Qué importancia tenía que estuvieran a tanta distancia el uno del otro,
si sus almas habían logrado traspasar esa barrera?”– (trató de convencerse a sí misma)
Y, por cierto, había magia entre ellos, esa magia que hace, que todo alrededor se esfume.
Esa magia parecía las escenas de una película romántica, la luz tenue se posaba sobre los protagonistas, que esperaban ansiosos la continuidad del diálogo.
La noche fue dando paso a la madrugada.
En su casa, Ella sólo escuchaba los latidos de su corazón acompasando
el sonido rítmico de sus dedos sobre el teclado.
El cada tanto se levantaba para servirse un café.
Dicen que de lo ridículo a lo excitante sólo hay un paso.
Ridículamente, Ella se sintió esa noche.
Y sintió que El era suyo, en la misma medida y con la misma reciprocidad.
La situación parecía – ¿ridículamente? –
tan real que lo único que les faltaba era el cuerpo del otro.
Todo lo demás se lo estaban entregando:
su tiempo, sus deseos, sus secretos…y en la medida,
que éstos se desprendían de sus propios dueños;
irremediablemente dejaban de pertenecerles para pasar a ser del Otro.
Nadie puede negar que compartieran muchas cosas esa noche y las que le siguieron,
separados por la distancia que a veces, paradójicamente, une.
Fue sólo una semana, nada más que una semana…
Ella empezó a ponerse ansiosa, insistía en que quería conocerlo más.
El le contestaba dulce, firme y pacientemente cada frase de ella.
Por último, estaba convencida de que sería bueno,
para ambos darle un cierre a esa historia que había vivido,
porque las historias jamás podrán desgastarse.
Al menos, no para Ella.
Inmediatamente después sintió vergüenza y se arrepintió de sus impulsos.
Pensó hasta dónde iba a ser capaz de llegar y en qué lugar la dejaba esa insistencia.
Lentamente, fue conciente de que estaba acercándose al final del juego.
Sintió culpa también por haberle dejado un breve mensaje,
para que El supiera, que Ella lo amaba.
Entonces recordó que una amiga le había dicho que para decir “Basta”, no hace falta gritar,
ni llamar por teléfono, para hacérselo saber a la otra persona; “no” es “no” y punto.
Y es un “no” para uno mismo, sale desde adentro y se transforma en hecho.
Y de ese “no”, fruto de la reflexión y del entendimiento, no hay retorno.
Había llegado el momento de deshacerse de esa ilusión que atesoraba desde hacía meses.
Ella sabía que debía exorcizar su mente,
pero que nunca iba a poder alejarle del corazón.
Los tiernos mails que El le había mandado y uno que otro poema
– que no estaba segura si El había escrito, para ella…en definitiva… ¿qué mas daba?
- decidió conservarlos como únicos testimonios que le confirmaban,
que El había sido real y que Ella no estaba loca.
Después, tomó al azar un libro de la biblioteca para distraerse.
Lo abrió en cualquier página y, como si fuera una jugada del destino,
leyó en voz alta:
“No existe posibilidad alguna de comprobar qué decisión es mejor.
El hombre vive todo a la primera y sin preparación.
Como si un actor representase una obra sin ningún tipo de ensayo.
Lo que sólo ocurre una vez, es como si no hubiera ocurrido nunca.
Las cosas ¿de verdad tienen que ser así? ¿Podrían ser de otro modo?”.
Sintió una extraña mezcla de alivio, con una cuota de angustia y tristeza.
Todos los finales duelen un poco,
sobre todo para quienes acostumbran a vivir apasionadamente
cada instante como si fuera el último.
Al leer esas oraciones, Ella tuvo la absoluta confirmación de haber hecho lo correcto.
Respiró hondo y se desplomó en el sillón.
Ese partido, con un hombre que nunca conocería, había llegado a su fin.
“La insoportable levedad del ser”
“Dedicado a los solitarios que chatean en busca de alguien.
A los que todavía escriben poemas de amor.
A los que se esconden detrás de las palabras.
A los que tienen miedo amar de verdad.
A los que disfruta de un amor virtual.
A los que saben que sólo son palabras.
A los que las atesoran, a los que las desechan.
A los que se arriesgan, a pesar de todo”
